OTRO MAÑANA 2

 

 


CAPÍTULO 1 CAPÍTULO 3

CAPITULO II

Una música lejana le despertó, con los ojos aun cerrados buscó a tientas entre los cojines del sofá. Localizó su teléfono móvil y consiguió acertar en la tecla que activa la llamada.

—¿Si?… —Respondió somnolienta.
—¿Gabriela? ¿Donde estás? Hace media hora que te esperan en la reunión —Dijo la voz al otro lado del teléfono.
Despertó de golpe y de un salto se sentó en el sofá. Le dolía todo. No debió pasar la noche ahí.
—La reunión… ¿Ya es lunes?… ¿Qué hora es? —preguntó de forma atropellada, casi sin detenerse a respirar.
—¿Estás bien? ¿Ha pasado algo?
—No, no me siento bien, ¿puedes decir que no iré hoy a la oficina? —Mientras se excusaba, frotaba su cuello dolorido.
—¿Necesitas algo? ¿Me pasaré luego a verte? —le dijo preocupada.
—No te molestes, tranquila. He pasado mala noche, eso es todo. Debo estar incubando un resfriado.
—¿Estás segura? Sabes que no es ninguna molestia.
—Solo necesito descansar, gracias Pam. —Se volvió a tumbar en el sofá y añadió. —Te llamaré mas tarde y me cuentas como fue.

Una vez cortó la llamada, volvió a marcar el número de Arantxa, y de nuevo sin respuesta. Seguía apagado. Se levantó y no le gustó la imagen que vio el espejo del baño. Mojó su cara, pero el agua fría no consiguió que se vieran mejor sus ojos hinchados. Desistió y fue a preparar café. Sintió hambre y al buscar algo que se la quitara, pudo comprobar que no había mucho donde elegir. “Saldré luego a comprar” pensó. Desde que vivían juntas, era Arantxa quien se encargaba de mantener llena la despensa. Era seguro que esa última semana lo habría descuidado. Le parecía que la cabeza le iba a estallar y buscó algún analgésico que le calmara el dolor. Volvió al sofá con su café y esperó a que la pastilla hiciera el efecto deseado antes de salir a comprar, pero le venció el sueño.

Despertó horas más tarde con hambre, buscó en la cocina algo que comer y recordó que debía salir a comprar. Sin siquiera mirarse al espejo tomó su bolso y salió. Entró al pequeño autoservicio situado al final de la calle. Sin apenas reparar en lo que había metido en la cesta fue a la caja y comenzó a colocar las cosas en la cinta. Una voz irritada le apartó de golpe de sus pensamientos. Andaba con el pensamiento perdido y no vio que se había saltado a los que esperaban su turno en la fila. El hombre que la increpaba muy alterado, elevaba cada vez más el tono de su voz. Gabriela incapaz de reaccionar, no entendía el alboroto. Y comenzó entonces a sentir que le faltaba el aire y notó con tanta fuerza el latir de su corazón, que pensó que todos podían oírlo. Aturdida y asustada, solo acertó a abandonar su compra y correr. Sentía tal presión en el pecho y tanto ahogo que necesitó desabrochar su camisa mientras corría para alejarse de allí. El temblor de sus manos no le permitía introducir la llave para abrir y poder sentir la seguridad de su casa. Al fin, una vez dentro, se dejó caer sobre el sofá y lloró.
Un par de horas después, le despertó de nuevo el hambre, pero decidió esta vez pedir algo para comer y salir a la mañana siguiente a hacer la compra.

 

Patricia Duboy ©noviembre 2015


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